Laura García Tuñón

Todo pasa y nada queda…

El proyecto del Parlamento de las Mujeres, votado por todo el pleno de la Legislatura el 14 de abril de 2011 y que presentamos junto a las entonces diputadas María Elena Naddeo, Diana Maffía y María José Lubertino, nació de una necesidad material -la misma que me llevo a ser legisladora-, contribuir para cambiar las instituciones, crear espacios para las voces sin representación partidaria, y reconocer a las organizaciones como verdaderos protagonistas de las transformaciones profundas.

Sencillamente se trataba de avanzar sobre la vetusta y agotada máxima que reza que el pueblo solo gobierna a través de sus “representantes“. Y ante la voluntad de legitimar un espacio donde las mujeres organizadas tuvieran un respaldo institucional, es que el proyecto proponía que el Parlamento fuera integrado por un máximo de 60 representantes de organizaciones de la sociedad civil -1 por cada banca legislativa-, dedicadas a la equidad de género y comprometidas con la lucha por los derechos de las mujeres.

Conllevaba un claro mandato: mejorar y ampliar tanto los canales de comunicación, como de representación entre parlamentarias/os y la multiplicidad de organizaciones de mujeres, y también, fomentar la discusión y promoción de una agenda de políticas públicas para eliminar toda forma de discriminación por cuestiones de género en la Ciudad, mediante el desarrollo de acciones de diagnóstico, dictámenes, resoluciones y publicaciones, entre otras.

Durante los primeros años de funcionamiento, allá por el 2012, la composición de organizaciones y asociaciones era realmente diversa. La conducción tenía una representación variada y plural. Entendíamos esa pluralidad no solo como un principio ético democrático, sino también, como una herramienta de construcción y de fortalecimiento de nuestra lucha. O al menos, así lo entendíamos algunas de nosotras…

Hasta que el PRO decidió retirar su participación por no aceptar críticas sobre su gestión. Una vez más, la lógica de vaciar los espacios cuando no se puede controlarlos marcó una de las definiciones políticas de construcción desde las esferas poder. Sin embargo, aun no estaba todo perdido y seguimos apostando al trabajo conjunto. Todavía no se había impuesto la otra lógica de dominación y destrucción de las experiencias democráticas: la cooptación.

Tristemente, hace algunos días nos dimos cuenta de que esto había cambiado. Durante la asunción de las nuevas autoridades, nos enteramos que 4 de sus 5 autoridades eran representantes vinculadas directamente al Kirchnerismo, e incluso, asumían su mandato como una mera representación partidaria. Y digo que nos “enteramos” porque participamos sin haber recibido ninguna invitación, así como tampoco recibimos ninguna comunicación cuando se definieron las autoridades que serían votadas ese día. Quizás por eso, durante la primera elección se inscribieron la totalidad de 60 organizaciones y quedaban en lista de espera unas cuantas más, mientras que en esta oportunidad sólo participaron 25.

Fue una sesión vergonzosa y triste a la vez, cargada de discursos proselitistas de corto vuelo, que terminó con la instauración de una conducción totalmente sesgada por la falta de autonomía, y cooptada por una de las viejas estructuras y formas de hacer política local, hoy llamada Frente Ciudadano.

De esta manera, se cerraba el círculo de vaciamiento y cooptación tan habitual en nuestra historia reciente, dando muestra de la embestida en contra del sentido original del Parlamento de ampliar la representación, legitimar las organizaciones, proponer políticas públicas desde la perspectiva de género, en fin, caminar en dirección a la democratización de la sociedad.

Asistimos así, a una muestra más de manipulación, de vaciamiento de sentidos y acciones y lo que es peor, a la destrucción de un espacio para pensar y proponer políticas, lejos del corporativismo y de la burocratización de la institucionalidad.

No desconocemos que la Legislatura es un lugar netamente político partidario y de representación de la ciudadanía a través de sus estructuras tradicionales. Pero este Parlamento fue concebido para que las organizaciones de mujeres y las que trabajan con ellas tuvieran una voz y un pie en esas estructuras, y no al revés. Partidizar el Parlamento, sacarle autonomía y reducirlo a una triste tribuna proselitista, es menoscabar la voz de las mujeres de la ciudad. Es menoscabarnos a todas.

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