Laura García Tuñón

No somos voluntarios, no somos voluntarias…

“No hay nada más subversivo que el escenario educativo”, nos dice el educador colombiano, Marco Raúl Mejía. De esto sabe el Ministerio de Educación cuando elimina las paritarias nacionales y la posibilidad de un piso salarial, pero pone un techo del 18%. O cuando deja a las provincias libradas a su suerte para discutir y solventar la educación -y en ese sentido, basta con mirar la situación en Formosa, Santa Cruz o Salta solo por citar algunos ejemplos-.

A pesar de un discurso promocional sobre la importancia de la escuela y su valoración social, buscan tener un maestro pauperizado social y culturalmente, en donde la desprofesionalización del docente se consustancie convirtiendo su saber pedagógico en un simple proceso técnico instrumental. Un docente que acepte complacientemente vivir con un sueldo magro, que no discuta, que acate órdenes, que no se organice ni pelee por una educación distinta, ya que “ellos” piensan por nosotros. Una maestra que crea que la economía va ir mejor, aunque le aumenten la luz, el gas, el agua y los alimentos en forma desmedida. Y que acepte que su salario debe tener un aumento “justificado y medido”.

Y para conseguir esta sumisión, lanzan una campaña de desprestigio convocando a “la ciudadanía” a ofrecerse como voluntarios para reemplazar a los maestros que hagan paro. Dicen que quieren garantizar el derecho de los chicos a estar en una guardería, a que los padres los puedan dejar, que estén cuidados y que coman. Pero parece no importar el aprendizaje que tengan.

Sabemos que la problemática de la educación se hace pública solo durante el mes de marzo de cada año y siempre vinculada con la problemática salarial, que obviamente se ve agudizada en tiempos inflacionarios. Los distintos ministros piden que se discuta con las aulas abiertas, con los chicos y chicas en las aulas. Quieren instalar que a los trabajadores de la educación no nos interesan los chicos. Dicen que son acciones políticas. Pero sí la educación es un acto esencialmente político, porque es un acto de distribución del conocimiento – como Freire nos marcaba-, la educación es un acto político en sí mismo.

Y no me hago la desatendida ante el hecho de que las conducciones sindicales mayoritariamente no son macristas, por lo cual el gobierno asume que le hacen paros para desestabilizarlos, para oponerse “porque sí”. Estos argumentos ya fueron conocidos y repetidos en gobiernos anteriores ante llamados a paro. Pero si la educación es un derecho constitucional para todos los habitantes, como todo derecho, tiene como contrapartida obligaciones de distintos sectores de la sociedad que por acción u omisión deben asegurar su ejercicio. Así para los padres, la obligación es la de asegurar las condiciones materiales y simbólicas que permitan a niños y jóvenes el cumplimiento de las etapas obligatorias del proceso educativo. Los educadores son los trabajadores que tienen a su cargo la materialización de ese proceso en determinadas condiciones, son empleados a sueldo, y el Estado no puede transferirle a ellos ni a nadie más la responsabilidad de brindar esas condiciones -entre otras, pagar salarios, poner los edificios en condiciones, enviar materiales, brindar los servicios de comedor-.  Concluyendo: es el Estado el responsable de brindar las  condiciones para que el servicio educativo pueda hacerse efectivo. Y no lo hace.

Pero también, lo que esconde este conflicto es que para la educación no solo resultan insuficientes los recursos. No hay previsión ni planificación del proceso educativo, ni otros planes de mejoramiento, como la inclusión de todos los individuos en edad escolar en el sistema educativo. No hay previsiones económicas para la formación, la actualización, el perfeccionamiento; ni para favorecer formas colectivas de trabajo escolar, de equipos interdisciplinarios; ni para reforzar el rol docente en el aula. Todas estas “imprevisiones” vienen desde hace muchos años y se profundizan en este gobierno.

Esto queda en evidencia cuando, más allá del tema salarial – imprescindible para poder trabajar-, poco se habla del tema pedagógico. Nada se dice de las condiciones pedagógicas del proceso de enseñanza, de la construcción colectiva del conocimiento, de cómo construir un modelo educativo popular que dé cuenta de la diversidad cultural de nuestro país, de las condiciones para poder hacerlo, de la pedagogía para la tecnología, de cómo trabajar con las capacidades de cada uno de los chicos y chicas en las aulas. Estamos inmersos en un apagón pedagógico.

La gran mayoría de los que decidimos ser trabajadores y trabajadoras de la educación, nos gusta enseñar. Nos gusta trabajar en la relación con el conocimiento y los saberes con nuestros estudiantes. Nos gusta prepararnos para el primer día de clases. Compramos delantal nuevo, ponemos carteles y adornamos las aulas. Buscamos materiales y libros que nos sirvan para poder dialogar con los saberes de los chicos, que nos permita conocer sus capacidades y ayudarlos a desarrollarlas.

Señores y señoras gobernantes. Queremos empezar las clases el primer día del calendario escolar con las escuelas en condiciones, con perspectiva de futuro en nuestra formación, y con salarios que nos permitan pensar y trabajar todos los días para mejorar la educación de nuestros chicos, y de nuestro pueblo. Queremos seguir haciendo subversiva a la educación. Y es por todo esto que no somos “voluntarios” ni “voluntarias”, somos Trabajadores de la Educación.

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